“Atascada en una vida limitada, con hábitos de vida insatisfactorios, ansiedad, preocupaciones, culpa y vergüenza. Miedo a todo, miedo por todo, miedo a tener miedo”.

Este podría ser el relato común de muchos pacientes que acuden a terapia en busca de ayuda y solución a sus dificultades.

Sentir ansiedad de vez en cuando es normal, pero si ésta es muy intensa, frecuente, duradera e interfiriere con las actividades de la vida diaria, estaremos frente a un problema de salud mental asociado a niveles sustanciales de discapacidad.

La ansiedad tiene un impacto considerable en el bienestar personal, en las relaciones sociales y en la productividad laboral. Su alta prevalencia, y su curso recurrente, pueden convertirla en una enfermedad inhabilitante.

Los trastornos de ansiedad son, junto con los trastornos del estado de ánimo, los que más limitan la autonomía del sujeto que la padece, obstaculizando su funcionamiento al quedar atrapado en un bucle donde la lucha contra la ansiedad se convierte en el verdadero problema.

El miedo es una emoción fundamental para la adaptación del ser humano al medio ambiente, algo común y para nada patológico. Mientras ese umbral no se convierta en inhabilitador, tal emoción no debería ser considerada un trastorno. Pero ¿por qué y cuándo el miedo supera el umbral de lo normal para convertirse en algo incapacitante y por consiguiente en patológico?, ¿por qué se ha presentado? Respecto a esta pregunta, a cómo se transforma la emoción en patología, existen diversas teorías psicológicas, en ocasiones totalmente opuestas, que darían respuesta a esta pregunta. Se podría hablar de traumas acaecidos en la infancia, de un apego ambivalente, de estilos de afrontamiento, de un aprendizaje condicionado, de una forma de ser, etc. Lo cierto es que las explicaciones propuestas ayudan a entender el por qué, pero no dan solución al problema.

Al profesional, el porqué le resulta útil de cara a un análisis funcional y como explicación al paciente. El problema surge cuando éste, queda atrapado en una lucha interminable donde el porqué solo trae un pasado angustioso. Es más útil estudiar cómo funciona el sistema perceptivo- reactivo de la persona frente a la realidad. Lo que importa es el aquí y ahora y lo que mantiene el problema en el tiempo. A veces, son las soluciones intentadas, las que alimentan dicho problema. La evitación, la no aceptación y la inacción, serían, entre otras, los principios de un modelo de patología: la inflexibilidad psicológica.

La necesidad de regular el malestar de modo inmediato, hace que las acciones estén dirigidas al escape y la evitación del malestar, sin darnos cuenta que al final, la sensación de placer a corto plazo se transforma en una sensación a largo plazo de falta de control. Aceptación abierta, sin fatalismos y si resignación, con clarificación y elección de valores que den cabida a las acciones que conecten con nuestro presente, con lo vivido en el momento.

Marchar por la vida incluye tropiezos, miedos, cansancio, errores, posibles pérdidas a lo largo del camino, etc. En terapia, no se eliminan baches, se enseña a caminar entre ellos. Más que luchar para eliminar los contenidos de los pensamientos, la persona podrá vivir con ello de acuerdo a cómo los valora. Es hacerle un sitio a la ansiedad y aprender a vivir con ella.

A veces focalizamos toda nuestra atención en los síntomas haciéndolos más intensos, frecuentes y duraderos; nos asustan, queremos que desaparezcan y nos olvidamos de lo primordial, detrás de cada síntoma hay un problema, que debemos afrontar. Darle vueltas a lo que te pasa interfiere y contribuye a mantener el problema. Huir por el camino placentero, sin baches, sin tropiezos es cómodo, pero nos aleja de nuestro camino. ¿Y si el verdadero problema está ahí, en la falta de un destino claro?

Si hago lo que me gusta, me siento bien y cuando me siento bien, pienso mejor

 

Belén Díaz Afonso
Psicóloga Sanitaria y Forense

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