Antes de  comenzar a explicar el tema del artículo del día de hoy, es necesario aclarar que no hablamos de un síndrome como tal, desde el punto de vista de las psicopatologías, sino de un concepto utilizado para referirse a la situación que a continuación expondremos y que surge de un relato bíblico.

Cuentan las  historias bíblicas que dos madres solteras  que compartían habitación, dieron a luz en los mismos días, cada una de ellas a un niño. Por la noche, una de las madres, de forma accidental se dio la vuelta sobre su bebé y lo asfixió. Despertó muy temprano y notó que su hijo estaba inmóvil. Entonces la angustiada mujer tomó el bebé dormido de su compañera de cuarto, y colocó el bebé muerto en su lugar. Más tarde, cuando la otra mujer despertó, encontró al niño muerto y comenzó a lamentarse. Al examinar al niño, se percató rápidamente que no era su hijo. Ante ello, decidieron acudir al rey Salomón quien ante los continuos gritos y discusiones disputándose la posesión del niño vivo decidió intervenir.  Interrumpió el debate y le dijo a un guardia que tomara su espada y dividiera al niño vivo en dos. Lentamente este desenvainó su afilada y reluciente espada y avanzó hacia la mujer que sostenía el bebé. Rápidamente la verdadera madre se arrojó a los pies del rey y suplicó, “¡Dad a esta el niño vivo, y no lo matéis!” Pero la otra mujer dijo: -Ni para mí ni para ti, que lo partan”-. Entonces Salomón supo sin duda alguna, quién era la verdadera madre.

Esta historia la vemos repetida  en muchas ocasiones, en la realidad que nos concierta hoy en día: Los padres se separan y en la mayoría de los casos, el niño/a se ve dividido entre dos afectos; es a esto lo que se le conoce como el Síndrome  de Salomón.
El niño se siente dividido cuando sus padres no consiguen ponerse de acuerdo en las versiones que dan sobre su separación, el período de visitas, los valores que quieren transmitirle y sobre todo cuando se toma a los hijos como la manera de hacer daño a la otra persona; negándole llamadas telefónicas, prohibiéndoles contar a su madre o a su padre lo que han hecho con el otro, etc.… Es en estos casos donde  los niños en ocasiones  comienzan a experimentar sentimientos de deslealtad hacia alguno de sus  progenitores.

No en todos los casos las separaciones llevan arraigadas discusiones o problemas mayores de los que toda separación tiene. Pero, lo que sí es cierto es que en la mayoría de los casos  la rutina de vida que se ha llevado hasta el momento, se pierde, y es ahí donde los hijos/as con ayuda de sus padres, tienen que volver a reorganizarla. Desde que se produce la separación hasta que se consigue una nueva estructura de vida los niños comienzan a experimentar una serie de cambios emocionales, que en muchos casos ellos mismos no son capaces de identificar su significado; sienten rabia, culpabilidad, tristeza, decepción…Y sobretodo la necesidad de tener la explicación de la causa que ha llevado que su estructura de vida cambie.

Por todo ello debemos de recordar siempre que nuestros hijos/as no deben sufrir, si nuestra relación ha terminado. Ellos no son los culpables, por lo tanto  debemos de hacerlo siempre de la forma más pacífica que podamos.

Les recordamos que en nuestro blog, hemos publicado un artículo en donde damos  algunas pautas a seguir en el caso de una separación. “Nos separamos, ¿Cómo lo afrontará nuestro hijo?”  http://www.gmdiversitas.es/nos-separamos-lo-afrontara-hijo/

  Silvia Álvarez Ramos. Pedagoga.

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