Quizás nada anime tanto como escuchar la experiencia de alguien que te diga que la ansiedad se supera. Porque puede ser algo circunstancial y pasajero siempre que nuestra actitud sea la de conseguir superarla. Y quizás hasta podríamos decir que algo tan difícil de entender, tan complejo y angustioso, tiene su lado bonito.

La ansiedad es algo así como un resbalón o un tropiezo sin mucho sentido, cuando no hay suelo húmedo ni en mal estado, no hay escalones ni piedras en el camino, y   aún así de repente caes. Se queda el cuerpo temblando y tienes una extraña sensación de no entender lo ocurrido. Miras por si alguien te vio y sientes un sudor frío. Esa sensación de perder el control de tus emociones, de lo que sientes, de lo que haces, de lo que piensas. Ahí está la clave, en lo que piensas. En los mensajes que te envías. Tu cabeza sólo da cabida al miedo y a la tristeza; te sientes perdida, agotada física y mentalmente, y te conviertes en tu peor influencia. La ansiedad no surge de la nada, no se contagia, pero puede afectar a cualquiera. No necesita situaciones especialmente trágicas. La ansiedad puede surgir por hechos puntuales dolorosos y puede que conozcamos su causa, pero en ocasiones es simplemente producto de las exigencias personales y sociales, de la necesidad de cumplir expectativas impuestas, de idealizar situaciones, de sentir la necesidad de aprobación o de dar rienda suelta al miedo. Así es la ansiedad, la temida ansiedad. La misma que me dejó hace algunos años el mejor aprendizaje de mi vida; la misma que recondujo mi camino; la que me prestó momentos de reflexión, de autoconocimiento, de valentía, de liberación. La temida ansiedad, esa que me dejó caer y me enseñó a abrir mis alas y empezar a volar. La que me fue ofreciendo nuevos amigos, la que me fue abriendo el alma y la mente, la que me fue dibujando cada día una sonrisa menos forzada, más natural y más sentida. Sí, ella, la temida ansiedad,  al final se convirtió en mi amiga, en mi aliada, en mi compañera cuando logré rehacerme, librarme de ataduras y empecé a vivir realmente como quería. Y es que, paradójicamente, la ansiedad me enseñó el camino de la felicidad. Y se convirtió en mi querida ansiedad. Porque la ansiedad pasa y enseña. Se supera mejor con ayuda profesional, porque se trata de andar un camino hacia la búsqueda interior y de descubrir las causas personales que la generan. Siempre mejor recibiendo el apoyo emocional e incondicional de las personas que nos quieren; buscando estrategias propias que nos ayuden a combatirla; desaprendiendo y aprendiendo nuevas formas de pensar, aceptar, priorizar y de relacionarnos de manera sana con los demás.

Dicen que lo que sucede conviene y que todo pasa por algo. Y si hoy te ha visitado la ansiedad, recuerda que no viene para quedarse, que está de paso para enseñarte, así que comienza por aceptarla y por permitirte sentirla. Piérdele el miedo. Estás al comienzo de un camino, que sólo tú vas a elegir. Te caerás y te volverás a levantar todas las veces que haga falta. Algunas personas te acompañarán en el camino; otras se irán; otras te quitarán piedras y otras te las pondrán; otras te animarán desde los bordes de un camino que no conocen y que no pueden recorrer contigo. De todas aprenderás algo positivo. No las juzgues, acéptalas y perdona lo que debas perdonar. Porque el perdón libera y alivia las cargas. Poco a poco irás desprendiéndote de esa mochila llena de exigencias, de expectativas creadas por otros, de miedos e inseguridades. Cuando seas lo suficientemente libre vas a sentirte aliviada, y ahí será el momento de darte cuenta de que durante el camino no has hecho otra cosa que recuperar tu esencia y tu autenticidad, sin miedo a lo que opinen o esperen los demás. Serás sólo lo que tú quieras ser. Serás capaz de despedirte, con  un balance finalmente positivo, de la temida y a la vez querida ansiedad.

 Teresa Luis González.

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