Si hay algo que me molesta de la ropa nueva son las etiquetas ¡parece que no veo la hora de llegar a casa para cortarlas! Porque las etiquetas molestan, y si nos descuidamos hasta hacen daño…, encima cada vez vienen más y más grandes ¿Se han fijado? Y es que en realidad no hace falta leer toda esa información que contienen para darle un buen cuidado a nuestras prendas, porque a nadie se le ocurre meter a lavar su prenda favorita y más delicada con el resto de ropa en un programa común para prendas resistentes ¿verdad?

Lo mismo ocurre con las etiquetas que utilizamos para calificar o identificar a las personas, como un adjetivo calificativo (aunque yo diría descalificativo en la mayor parte de las ocasiones) que queda de forma permanente asociado a su nombre. Desde pequeños se nos imponen etiquetas: el vago, el pasota, el empollón, el bueno, el malo, el inquieto…, y ya no hablemos del mundo de las personas con discapacidad a las que las etiquetas les acompañan desde incluso sus primeros días de vida. Las etiquetas limitan…, cambiando la perspectiva de los demás al generar un prejuicio en las relaciones (efecto Pigmalión), y limitando las posibilidades del “etiquetado” al comportarse acorde a su etiqueta “Colgar etiquetas es renunciar a la capacidad de percepción y a la ocasión de conocer de verdad a los otros”.

En el ámbito de la discapacidad, donde desarrollamos nuestra actividad profesional, las etiquetas, tristemente, se vuelven en la mayor parte de los casos protagonistas, por encima de las personas. Las etiquetas marcan…, marcan un antes y un después en la vida de muchas personas y de muchas familias ¡Y así lo vemos a diario! Y eso es algo que me preocupa mucho, porque partiendo de la filosofía de nuestro centro de que todos somos diferentes (hay tantas etiquetas como personas en el mundo), las etiquetas sólo deberían servir, en el caso, para marcar el camino a seguir, para reducir la ansiedad de los progenitores qué tantos porqués y preguntas se han planteado al no saber qué les sucede a sus hijos; deberían servir para calmar, para respirar y comenzar a actuar… ¡Pero no para limitar las posibilidades de desarrollo de la persona!

Espero que este post sirva para que todos reflexionemos sobre nuestro comportamiento con los demás, sobre nuestras percepciones, y para intentar ver y tratar al otro como lo que es ¡una persona única e irrepetible! ¿No estás deseando llegar a casa para “cortar” las etiquetas? ¡Cómo molestan!

Laura de Francisco Domínguez. Psicopedagoga.

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