¿Cuántas veces hemos escuchado la expresión de ¡“Los niños deberían de venir con un manual de instrucciones bajo el brazo”!? Solemos caer en este tipo de  expresiones porque nos percatamos  de que la educación de los hijos/as no es una tarea fácil. Es complicado buscar un punto intermedio entre disciplina y afecto, protección y sobreprotección, etc.… Los adultos, en ocasiones, vemos el mundo exterior como un enemigo para nuestros hijos. (Les tapamos los oídos, los ojos…) Pero si tenemos este tipo de actitudes ¿cómo van a conocer el mundo al que dentro de unos años van a tener que enfrentarse?

En las reuniones familiares podemos pasar horas contando las “batallitas” de cuando éramos pequeños; Entrábamos en casas “encantadas”,  Nos caíamos y nos levantábamos, llegábamos llorando a casa porque el profesor nos había castigado y en casa la respuesta era: ¡Algo habrás hecho!  Si habíamos olvidado lo que habían mandado de tarea, nos llevábamos el negativo al día siguiente. En cambio ahora, sí el niño  olvida su tarea; no hay problema “¡Las mamás y papás del grupo de whats up nos lo resolverán! no les dejamos volar libres por miedo a que se hagan daño….  ¿Qué estamos creando? ¡“Niños encerrados en una burbuja!

Con todo lo anterior hacemos mención a un nuevo estilo de educación conocido como sobreprotección. Es un mecanismo de miedo e inseguridad de los propios padres, que impide dejar que el niño haga las cosas por sí mismo o que tome sus propias decisiones, desembocando todo ello en niños inseguros, dependientes y con poca confianza en sí mismos. En muchas ocasiones para el adulto puede ser más cómodo ayudar al niño, e incluso hacer las cosas por él,  pero al hacerlo estamos privándoles de experiencias de aprendizaje y desarrollo imprescindibles para su desarrollo. Les estamos poniendo “barreras” tanto a su crecimiento emocional como personal.  Esta sobreprotección de la que hablamos tiene varias consecuencias como:

1.  Los niños sobreprotegidos generan un sentimiento de inutilidad y dependencia: Les cuesta emprender proyectos por sí solos y tienen miedo a lo desconocido
2. Carecen de iniciativa propia, de creatividad y de autoestima para realizar sus propias competencias.
3. No muestran interés  por conocer sus propios talentos ni por las necesidades de las personas que le rodean, en definitiva,  se convierten en personas egocéntricas.

4. Tienen poca tolerancia a la frustración y por lo general muestran insatisfacción por sus propios logros.
5. Suelen ser niños poco empáticos, miedosos  y con dificultades para relacionarse con los demás.
Debemos tener claro que los niños necesitan que su día a día se convierta en la mayor de las aventuras, en la que se sientan seguros y libres, por lo que como padres debemos transmitirle la mayor de las confianzas y no hacer que se sientan oprimidos. Enseñémosles a disfrutar del mundo en el que viven, ya sea cayéndose, ensuciándose o subiéndose por los árboles. Hagamos que tengan una infancia feliz para que puedan  ser en el futuro adultos felices.

Silvia Álvarez Ramos

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